lunes, 9 de julio de 2007


Me imagino que hace ya algún tiempo existió un hoy, lleno de nada. No había sonidos, todo era silencio. No había colores, todo caminaba como una nebulosa impenetrable, oscura pero suave como el algodón mas deshecho. Todo inmensamente inmenso, ilimitado e inagotable; sin altos ni bajos, sin anchos ni angostos. Todo tan completamente saturado de vacío.
Un día, una buena (¿buena?) Mano creó polvillo, lo sopló dulcemente, le dio forma y lo puso a mercer del universo. Vaya uno a saber porqué, pero tardó 24 horas en tomar conciencia de que ese trozo de tierra, aún con sus soles y sus lunas, moriría en una lenta y triste soledad, de no ser acompañado por algo o, en el último de los casos, alguien.
Fue ahí cuando la Mano tuvo su maravillosa (¿maravillosa?) idea. Fue ahí cuando fue creado el ser más contradictorio, aquel cuyo fin es la felicidad pero cuyo camino rebosa de traiciones, de render hacia esa misma Mano que lo creó, e incluso hacia sí mismo. ¿Por qué, desde su creación, su naturaleza tiende a darse cuenta demasiado tarde de las hermosuras, de lo realmente lindo? Deberían enseñárselo desde pequeño, y la vida debería ser como una montaña rusa, para que cuando llegue su final, respire hondo y esté extasiado de felicidad. Porque hay una sola vuelta en ella, y hay que darles una mano para así poder reir de verdad.

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